Cuando
piensas que ya “nada”
puede
salvarte, ocurre.
Esa
pizca de esperanza
que
devuelve la alegría
al
rostro de la agonía.
Ese
brillo en los ojos
del
rendido, del apagado.
Las
cosquillas del inerte.
La
carcajada del mudo.
La
canción que despierta
la
pasión en un sordo.
Todo
depende, de no rendirse.
Depende
de seguir adelante.
Dar
un paso, y luego otro.
No
perder nunca la esperanza.
Tener
fe en uno mismo,
y
tener fe en los demás.
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